Karai pyharé ndaje no la deja en paz

Hay quienes dicen que el Pombéro es solo un mito, un cuento viejo para asustar a los niños. Pero en algunas casas, cuando cae la noche y el silencio se vuelve pesado, hay quienes juran que no es ninguna leyenda. Que camina, que observa, que respira en la oscuridad. Y que el olor anuncia su llegada antes que cualquier sombra.

| Por Rossana Arrúa
La doña dice que el karai pyhare vive entre las plantas de banana y el tatakua.

Doña Antonia, de 60 años, es una de esas personas. Para ella, el “señor de la noche” no vive en los relatos populares, sino en su patio, entre el tatakua y su pakovaty. Y asegura, con miedo en los ojos, que la persigue desde que era niña y que jamás la dejó en paz.

“Desde que era criatura me sigue y ahora ya no me deja en paz, ya me mudé varias veces, buscando escapar de esa presencia que hace que se me ponga la piel de gallina y me dé un sudor frío, pero siempre vuelve, me persigue a donde vaya”, asegura con la voz temblorosa.

“En mi casa tengo un tatakua y plantas de banana. Todos me dicen que ahí se esconde, pero no quiero echar mi tatakua ni mis plantas de banana”, dijo a Crónica.

Relata que muchas veces sintió su presencia, un frío que le corre por todo el cuerpo, la piel de gallina que no se puede explicar, el sudor helado y, sobre todo, un olor insoportable, como a cosa podrida.

“Cuando él está cerca, se siente. No hace falta verle, tiene un olor insoportable, es un olor que no sé cómo explicar, pero es insoportable”, afirma.

Pero lo más aterrador, según doña Antonia, es que el Pombéro puede transformarse. “En varias ocasiones, entró a mi pieza convertido en un gato negro, rodeado de moscas y con un olor nauseabundo. Yo ya sabía que no era un gato normal. Le di leche y le pedí que por favor no me haga daño, tomó todo y desapareció”, dijo la doña a este medio.

Vive con uno de sus hijos, que tiene su pieza en el mismo patio, y asegura que también es víctima. “Le tira piedras en la puerta, en la ventana, en el techo. No sabemos qué hacer, estamos desesperados”, cuenta.

La doña dice que incluso le habla, que le suplica que los deje en paz. “Yo nunca te prometí nada, por favor andate, le digo y cada vez que digo eso la presencia se esfuma, el mal olor desaparece y el aire se vuelve más liviano”, he’i.

También recuerda que, cuando vivía en la campaña y sus hijos eran chicos, uno de los niños lo vio de frente: “Era negro, peludo y estaba fumando”, recordó.

Y cuenta otra historia todavía más escalofriante: “Un amigo le desafió y ese mismo ser lo hizo perder en una oportunidad cuando estaba solo. El muchacho venía en su auto desde Yaguarón hacia su casa en Ñemby, paró a orinar en un lugar oscuro sobre Acceso Sur y no recuerda más nada. Despertó al día siguiente, perdido en un caraguataty, a kilómetros del camino. Lo encontraron los bomberos, con su vehículo, sin saber cómo llegó hasta ahí”, contó a Crónica.

Para muchos es solo una leyenda. Para doña Antonia es una pesadilla que camina, respira, asusta y nunca se va.

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